Día 48: De peritos y de balas.

La audiencia número 48 del juicio por el asesinato de Mariano Ferreyra y las lesiones a sus compañeros versó –al igual que la anterior- sobre las balas asesinas. Cinco peritos, tres de la defensa, uno de la querella y uno de Gendarmería, explicaron sus versiones sobre la forma en que se produjo el disparo. Sobre el ingreso de la bala y, específicamente, sobre  la posibilidad o no de que se hubiera producido un rebote antes de que el proyectil rompiera el cuerpo de Mariano.

El punto, crucial para la defensa en su búsqueda desesperada por demostrar que no hubo intención homicida, sino que dispararon pero no al cuerpo, es menor. Aún en un eventual rebote, esta probada la intención homicida en todos los disparos -muchos de ellos directos, como el que impactó en la cabeza de Elsa Rodríguez-. La progresión del juicio indica que se ha pasado de la teoría de dos demonios enfrentados, a la de una defensa ante los violentos, a una muerte por “rebote”. Un delirio que no se ajusta a ninguna de las descripciones ni análisis de los testigos, ni a la chiquitocantidad de armas ni a la intención última del ataque que profusamente cantaran los atacantes: acabar con los “zurdos de mierda”.

Capítulo aparte merece la supuesta violencia de Mariano y sus compañeros. Un día después de que se produjera una violenta represión frente a la Casa de Tucumán –Suipacha al 100, en la Capital- los abogados defensores –encabezados por Freeland e Igounet- promulgaron la idea de que fueran tenidos en cuenta como elementos probatorios los videos de los “disturbios” para demostrar con ello que “estas cosas son normales cuando se movilizan estas organizaciones sociales”. Un ataque vil que no merece mayor respuesta: los videos, que circularon hoy día, demuestran el brutal ataque policial a los compañeros del PO que se retiraban de la zona sin haber participado de ningún hecho violento. Pero además, la mención intenta naturalizar el asesinato de nuestro compañero como algo “probable”. Como dijo el juez Días: “Está todo grabado lo que dicen y cada quién deberá responder por ello”.

Los peritos

La primera perito en declarar fue María Silvina Lastreti, licenciada en criminalística y oficial de la Dirección de Balística de Gendarmería Nacional. Lo primero que debió aclarar fue porqué en uno  de los peritajes afirmaron que se podía hablar de un  impacto indirecto cuando en primer término habían dicho que se trataba de uno directo. Lastreti adujo que se dudó porque las deformaciones del proyectil podían haber sido de un hueso, pero luego con el barrido electrónico concluyeron que presentaba elementos minerales externos. Y aclaró que ella no había participado de las pericias previas.

“Para nosotros poder llegar a una conclusión, tomamos todo lo que tenemos y vamos probando desde lo más absurdo a los más probable”, explicó. Luego de ver que el hueso que atravesó –costilla- no era tan duro, hicieron el barrido para detectar materiales. Inmediatamente, la fiscal quiso saber cómo conectaban los hechos de que no pudieran determinar qué material se encontraba en el proyectil con que certificaran que era un disparo indirecto.

Las respuestas sobre el ángulo de disparo, distancia y las deformaciones del proyectil –cuatro en total, al menos tres en el cuerpo de Mariano-, llevaron a que la pericia concluyera que hubo un rebote porque presentaba partículas de sílice, ajenas al cuerpo humano.

-¿Si golpean la bala contra una mesa o pared puede quedar ese material?- inquirió la fiscal.

-Si lo hace alguien con fuerza sí –explicó Lastreti.

Luego se entabló un debate sobre la bala extraída a Nelson Aguirre, de la que se supo provenía de una escopeta. Y otro acerca de la posibilidad de que un arma tumbera expulsara tales proyectiles. Freeland intentó convencer a todos de la existencia de tumberas, pero no lo logró.

El segundo perito –el primero de parte de la defensa- estuvo al borde del escándalo. Entre vaguedades, contradicciones e imprecisiones, Rodríguez Ganduglia intentó estar al servicio de los contratantes, pero no logró salvarse del ridículo. Incluso haría pensar que se lo podría procesar por falso testimonio. Vale la aclaración: el perito es amigo de otro “célebre” perito, Roberto Locles, que deformara una de las balas a golpes sobre una mesa y fuera procesado y apartado inmediatamente. Parte de un entramado mafioso orquestado por Pedraza y cía, que intentó deformar pruebas, coimear a la justicia y salir indemne.

En principio habló –a diferencia de la mayoría de los peritos- de 8 deformaciones en la bala. Acto seguido, a instancias de la defensa, articuló una serie de cálculos extraños. Dijo que por pericia médica el ángulo de ingreso de la bala era de 30° y que entonces el tirador estaba –según él- a unos 4 o 18 metros. En las pericias –de las que él participó- se habla de al menos 50 metros.

-¿Por qué no está consignado en el peritaje?-preguntó el juez Días.

-Porque no era punto de pericia –respondió Ganduglia.

En una de las más llamativas diferencias entre los abogados de la patota, la defensora de Favale –Hegglin- intentó demostrar la falsedad de las declaraciones del perito, y cuestionó sobre el ángulo de disparo teniendo en cuenta que el perito no podía establecer la posición de Mariano. Entonces Ganduglia trastabilló en su declaración y aseguró que, aunque no sabían, no podía ser de más de 30° porque si no se hablaría de un disparo horizontal y no un rebote. De este modo, quedó claro que el “especialista” partía de un presupuesto para acomodar su declaración: primero el mentado rebote, después el resto de la fábula.

Los cálculos continuaron hasta resultar que la distancia era de 4 metros, todo presuponiendo la altura del tirador, las posiciones, las distancias y otras imprecisiones difíciles de seguir, como que se trataba de un rebote y un disparo hacia abajo.

Para cerrar su acto, el perito habló de la posta extraída del cuerpo de Nelson Aguirre y desdijo a otros peritos, asegurando que podía ser de una escopeta o de una tumbera. Pero que él decía que era tumbera, aunque no se debatió en las pericias. Un testimonio farsante al servicio de la patota.

Pero lo peor estaba al caer, cuando Freeland –abogado del “gallego” Fernández- arremetió con su moralina: “Ayer han ocurrido cosas muy graves en el país. A partir de la sentencia en Tucumán se han suscitado episodios de violencia brutal. Los videos que tomaron muchos canales, pero yo vi los de TN, muestran la actividad de estos grupos del PO y otros grupos, muestran lo que generalmente ocurre con esas manifestaciones. Se han titulado siempre como manifestaciones pacíficas y protestas y vimos violencia y actividad. Se llevan piedras, y tumberas, y palos.

Se vio a Belliboni -(ver foto)-, Yo quiero pedir, en función del 388 del CPP que se pidan esos videos, es un hecho nuevo, tiene que ver con lo que aquí se investigan. Ellos se autodeterminan como pacíficos y evidentemnte no lo son”.

Luego de adherir a su colega, Igounet y Fenzel –sobre todo este último- tuvieron la delicadeza de deslizar que ante una “eventual” absolución –que parece improbable a la luz del proceso judicial- tenía miedo: “A juzgar por cómo reaccionaron ayer, no sé cómo vamos a salir de acá”.

Freeland fue más alla: “Pido al tribunal que pregunte a la querella si va a acatar o responder a palos”. Y deslizó que los jueces eran coaccionados por los querellantes. Las respuestas de la fiscal y de los abogados de querella fueron lapidarias. Los videos no muestran más que la represión y la desconcentración del PO y otras agrupaciones, no sería grave que se admitieran como pruebas. El problema aquí está en la victimización de la defensa, que pretende instalar una inferioridad de condiciones, cuando el hostigamiento mediático malversa la información en detrimento de las agrupaciones que pacíficamente se manifiestan en infinidad de situaciones. Una “jugarreta”  y un berrinche de baja estofa. Un ataque a los reprimidos.

Los últimos tres peritos.

Para después del mediodía declaró Silvia Buffarini, licenciada en criminalística y perita de la querella –que trabajó en causas como las del 20 de diciembre de 2001, los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, la desaparición de Luciano Arruga, y la masacre en el Parque Indoamericano.

A diferencia del anterior “especialista”, explicó que en los estudios no partieron de ninguna certeza de rebotes y que las trayectorias eran coincidentes con un disparo directo. Luego con los barridos electrónicos observaron presencia de materiales ajenos al plomo del proyectil, que podían ser de un rebote. La distancia del tirador –según lo valorado- la estipuló entre 30 y 50 metros (según las diferentes posibilidades consignadas). Luego la querella del CELS quiso saber si, dado que se habría producido un rebote, podía hablarse de una distancia de 4 metros. L

-No con este proyectil. No es caprichoso lo de la distancia, el proyectil tiene que salir de la boca de fuego, tiene que impactar y elevarse y eso necesita una distancia. Cuando sale, se desacelera, en dos metros lograr que un proyectil salga de la boca de fuego, impacte tangencialmente, y se eleve,  no es posible. En dos metros el proyectil queda clavado en el piso –fue la lapidaria respuesta que dejó en ridículo al anterior perito.

Confirmó –aunque ya se sabía- que hubo varias armas al diferenciar los proyectiles del cuerpo de Mariano y de Elsa de los de Nelson y dijo que estos últimos podían provenir de una escopeta o de una tumbera, pero que es imposible de asegurar eso.

Para el cierre quedarían dos peritos de la defensa: Cristina Vázquez, que aseguró que la bala podía rebotar en la pared o quedarse incrustada, o caer al piso (solo le faltó decir que podía desaparecer para ser más imprecisa) y Angel José Martí, que avaló a la anterior perito –a pesar de que fue poco creíble- e instauró la posibilidad de que la rebotara en varios lados antes de matar a Mariano. De esa forma, pretenden hacer ver que fue una “casualidad”. No cuentan con la pericia –valga la redundancia- de los otros peritos, que desarman esas teorías por la imposibilidad de que un proyectil de ese calibre y a esa distancia pudiera rebotar varias veces –por deformaciones presentadas y por la velocidad que perdería-. Los propios jueces mostraron sus dudas ante las vaguedades y múltiples -inacabables- posibilidades de rebote que buscaban señalar los peritos de la defensa. Hicieron el ridículo en franca contradicción con los peritajes de la investigación.

Tan en ridículo como el procesado Locles, de quien se extrajo su declaración y se resolvió apartarla de la causa, naturalmente, dado que al estar procesado por su actuación podría autoincriminarse. Quedan cuatro audiencias antes del receso por feria judicial. La causa va tomando forma y se cierra el grillete sobre los asesinos: los manotazos son desesperados.

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