Día 42: Policías desmemoriados, estrategia de defensa

Todos policías. Esa fue la característica de los testigos también en la audiencia 42, realizada en medio del paro general que conmocionó al país.

Las declaraciones, como era de esperar y se repiten calcadas en el caso de los todos los testigos policías, muestran “lagunas”, muchos “no recuerdo” y otros tantos “no vi ni escuché”.

De todas maneras hay dos aspectos que las hacen importantes.

En primer lugar, todos ellos reconocieron que los compañeros del PO y los tercerizados fueron agredidos por la patota, que corrió más
de 200 metros para perseguir a nuestros compañeros que ya se estaban retirando del lugar y asesinar a Mariano y herir a los otros compañeros y compañeras. Es decir, una vez más, se derrumba la teoría del “enfrentamiento”.

Sordos como una tapia, todos aseguraron, además, que no escucharon roturas de cristales (de los autos que quedaron destrozados) ni ruidos de chapas ni, menos aún, disparos.

El otro aspecto importante de las declaraciones es que ratificaron que no recibieron orden alguna de evitar el ataque ni de detener a los agresores antes ni después del asesinato. Y que los que dirigían el operativo sólo dieron la orden de “seguir” a la patota cuando pasó por el medio de los patrulleros y lanzaron a la agresión.

El primer testigo fue Lucas Varas, un agente que estaba en uno de los móviles.  Dijo que poco después de llegar, los oficiales Garay y Coronel “se dirigieron hacia donde estaba la gente en puente Bosch” (la patota). “No puedo precisar con quién habló (Garay), pero había gente”.

“Aparte de los dos móviles que mencioné, estaba el número 100. Ahí estaba el subinspector a cargo, Domínguez”, que también se bajó “y se dirigió para donde estaban los ferroviarios”. Es la previa del territorio liberado para el ataque.

“Cuando miré –siguió Varas- ya estaban bajando del terraplén. No tuvimos ninguna orden cuando se bajaron. No recuerdo si esta circunstancia fue comentada entre los jefes. Conmigo no. A lo lejos, se veía el movimiento de los jefes, como si estuvieran modulando. En ese momento, había muchos gritos, insultos entre los dos grupos. No recibí ninguna orden acerca de esto, tampoco”, dijo el testigo en una ratificación de lo que fue el accionar policial ese día.

“Los que bajaron –siguió- empezaron a correr hacia el lado de Vélez Sarsfield. Yo estaba abajo del patrullero y lo que hice fue correrme. Los otros choferes seguramente habrán hecho lo mismo. Los encargados (los oficiales a cargo) estaban a la altura del puente Bosch, supongo. Cuando se bajan, ya no pude visualizar donde estaban”.

Explicó que “entonces recibimos la orden de seguirlos, puse en marcha el patrullero y empezamos a hacerlo. Me dio la orden Garay. Él no se subió al móvil, iba de a pie. Los tres móviles íbamos detrás del grupo que nos sobrepasó, los tres juntos, a paso de hombre”.

Custodiando las espaldas de la patota que rompía autos, amenazaba a los compañeros de C5N y disparaba brutal e impunemente a los compañeros.

Y comenzó la sordera: “Lo único que escuchamos fueron gritos e insultos. No escuché detonaciones ni ruidos de chapas o vidrios”, dijo Varas quien aseguró que iban a no más de diez metros de la patota.

“Nadie me ordenó detener ni identificar a nadie. A mí, no me dieron ninguna orden”, ratificó seguramente para despegarse de la responsabilidad del territorio liberado pero, a su vez, desnudando la complicidad de la policía.

Y completó: “No recibí ninguna orden  de evitar que esta gente pase. Tampoco tenía ningún elemento dentro del móvil como para contener (elementos disuasivos, cascos, escudos). No tuvimos cursos para esos casos, hay gente idónea que se encarga. Yo tenía mi arma reglamentaria pero no es un elemento disuasivo para estos casos, no se puede utilizar para este tipo de ocasiones”.

No explica entonces como pensaban actuar y para qué estaban allí. Ni, si fuera como él dice, porque no había “gente idónea” pese a que pasaron varias horas desde que comenzaron los ataques de la patota hasta el asesinato.

Para vigilar…a los tercerizados

Paolo Ramón Donatoera chofer de otro de los móviles, el número 100. “Los encargado (del operativo) eran Cosarino y  Domínguez, según dijo.

“La orden que recibí fue la de dejar el móvil al lado de los otros (los tercerizados y del PO) y permanecer en el lugar, con el objetivo de observar lo que estaba sucediendo –siguió-. Domínguez se entrevistó con el subcomisario. No volvió para darme ninguna orden”.

El testigo ratifica las declaraciones del anterior en el sentido de que la patota bajó del terraplén, comenzó a correr hacia nuestros compañeros, pasó por el medio de los patrulleros sin ningún temor de que fueran detenidos y que “Domínguez” les ordena que sigan lentamente a los agresores,  sin molestarlos ni detenerlos.

Cuando comienza la agresión, “había quedado sobre la mano derecha de Luján, mirando hacia Vélez Sarsfield. Los otros dos móviles estaban al costado. No recibimos ordenes de cómo proceder”, dijo Donato, ratificando la declaración del otro policía y,  también él, acogiéndose a la obediencia debida.

Empetrolando un poco a los superiores

El siguiente testigo fue Guillermo Houlet, agente de Protección Federal Motorizada quien, en octubre de 2010, era agente de la comisaria 30a. Al igual que los otros dos, sólo conoce al subcomisario Garay.

En su relato dijo: “En primera instancia, los del Polo Obrero estaban cerca nuestro, pero se iban desplazando hacia Vélez Sarsfield. Iban, se detenían, hablaban entre ellos, seguían… al principio estábamos cerca, pero luego se fueron alejando. Se iban, no recuerdo incluso si los perdí de vista”. Para la defensa de la patota se le acaba toda posibilidad de seguir sosteniendo que fue un enfrentamiento. No lo sostienen ni los mejores testigos de ellos.

“La orden que recibimos fue seguirlos (a la patota cuando pasó por al lado de los patrulleros). No tuve otras indicaciones”, sostuvo también él para quitarse responsabilidades de encima pero empetrolando a los superiores.

“Cuando vuelven (la patota después del ataque), lo que recuerdo, es que se dispersan. No sé cuánto tiempo pasó, y aparecieron los carros de asalto y carros hidrantes, que venían por Luján, pero no sé de donde salieron”. Esto cuando, como él mismo lo dice, los agresores se habían dispersado y luego de cuatro horas desde que habían comenzado los ataques en las vías.

No “escuchó” tiros ni rotura de vidrios, ni ruido de helicóptero. No “vio” a ninguna persona herida. No “recordó” hasta que hora permaneció ahí. Tampoco haber visto presencia policial sobre las vías. Ni siquiera el apellido de “mi” comisario en aquel entonces y tampoco recuerda haberlo visto.

Y este hombre, que no era Juan el Memorioso, no recordaba haber visto periodistas en el lugar. Gabriela Carchak y sus dos compañeros, amenazados a los gritos por la patota (a la cual ellos seguían a diez metros) no existieron para este testigo presencial.

“No teníamos hipótesis de conflicto”

Roberto Brondo estaba más ariba en la escala jerárquica.  En 2010, era director de Planificación de Servicios de Reuniones Públicas, de la Dirección General de Operaciones. Fue el testigo siguiente. Dijo que conoce a Mansilla y a Lompizano, que fueron sus superiores. Y también conoce a Echavarría y Conti.

Fue el encargado de plasmar otra cara de la estrategia de la defensa de los policías.

 “Si mal no recuerdo –dijo, haciendo gala de “mala memoria” y desmereciendo la importancia de lo que podía suceder- hicimos un servicio por una manifestación en el ferrocarril Roca”.

Y siguió: “la hipótesis de conflicto era nula. Pensábamos que, como mucho, iba a haber un corte de vías. Lo que podíamos hacer era mandar infantería, carro hidrante, algún grupo de combate”, pero no lo hicieron hasta pocos minutos después del asesinato de Mariano.

“Lo que preveíamos era mandar una presencia policial para disuadir, por eventuales problemas con los usuarios”, dijo, asumiendo una de las excusas de la patota. Y agregó: “no teníamos prevista la presencia de los ferroviarios”, cuando la llegada de la patota fue unas tres o cuatro horas antes de la agresión a los tiros.

Aseguró el testigo que de “lo que se trata es de dialogar con la gente, con el objetivo de mantener el orden público. Se presta mayor atención a los grupos más vulnerables (mujeres, niños, discapacitados y periodistas). El superior presente en el lugar es el que debe garantizar que se cumpla”.

Por supuesto que nada hicieron para cuidar a las mujeres, ni a los niños que formaban parte de los manifestantes y tampoco a los y las periodistas, a los cuales los presionaban para que se fueran y así evitar que quedara grabada la agresión, como sucedió, por la valentía de los compañeros.

Dijo Brondo que el responsable del operativo “tiene, por arriba, los distintos estamentos –entre ellos, la Dirección General de Operaciones (DGO)” y que, “ante cualquier incumplimiento, la DGO tiene que disponer. Tiene que actuar”. Algo que no hizo para detener a la agresión y luego a los criminales.

Ante una pregunta-sugerencia del abogado Freeland de la defensa de Juan Carlos Fernández, quien ocupa el papel de provocador permanente, respecto del carácter “violento” del Polo y el Partido Obrero, Brondo lo dejó pagando:

“Tengo experiencia en manifestaciones en las cuales hayan participado el PO, Quebracho, MTR… Generalmente son dóciles. Hemos tenido mayores inconvenientes con Quebracho, con el resto en menor medida. Son pocos los grupos que no dialogan. Hay grupos predispuestos a protagonizar incidentes, caso Quebracho; con el resto, son menores”.

“Cuando hay dos grupos antagónicos, ¿cómo se dispone la fuerza?”, preguntó un abogado de la querella.

La respuesta fue: “depende de cómo se presente la situación”.

“¿Por qué se deja a la mitad de la fuerza lejos del área de conflicto?”, repreguntó el abogado.

“No sé, es muy amplio. Depende de cómo se presente la situación”, se escabulló el comisario.

Las fichas se les están acabando a las defensas. Por pruebas y testimonios, Pedraza y todos los demás deben ir a la cárcel.

 

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