Día 39: Un policía con formación antiterrorista que complica a la fuerza

Importante fue el testimonio de Alejandro Alberto Hayet, comisario general retirado quien, hasta diciembre de 2010 –dos meses después del asesinato de Mariano- estaba a cargo de la Superintendencia de Asuntos Internos de la Policía Federal. También declaró –a pedido de su abogado defensor- el imputado Guillermo Uño, quien intentó mostrar que es un pobre hombre que “estuvo, por error, en el lugar que no correspondía”.

Si bien Hayet buscó desprenderse de responsabilidades y varias veces recurrió a evasivas para evitar responder concretamente a preguntas de la querella, dio un dato que permitió precisar una caracterización de uno de los comisarios a cargo del operativo policial: dijo que conocía “a Hugo Lompizano (que pertenecía a la Dirección General de Operaciones), porque hicimos juntos un curso de antiterrorismo en los Estados Unidos”.

Y luego dio algunas precisiones que comprometen tanto a Lompizano como a los otros dos oficiales que estaban junto con él el operativo: Luis Mansilla (de Control de Líneas) y Jorge Ferreyra (de la División Roca).

¿Cuando se llega a un lugar donde se congrega gente y la situación varía y, por ejemplo, se pueden producir enfrentamientos, cómo se resuelve?, preguntó la fiscal y Hayet respondió: se resuelve en el lugar. Pidiendo directivas a la central de operaciones.

Medina, el abogado del CELS, preguntó: quien debe supervisar que se aplique por ejemplo la disuasión? Y Hayet contestó: los que están a cargo.

¿Si después hay enfrentamiento no previsto, el personal debe actuar?, insistió la fiscal y el testigo respondió claramente: Si.

Y aclaró: Los patrulleros eran fundamentales para ponerse entre grupos antagónicos.

Es exactamente lo contrario de lo que hizo la Policía ese día que no actuó contra la patota ni antes, ni durante el ataque, ni después que asesinaran a Mariano y se fueran corriendo del lugar, pasando por el medio de los móviles policiales.

Esto está en líneas con las declaraciones realizadas en la fase de instrucción por el comisario inspector Alejandro Reclalde, quien instruyó el sumario interno sobre la actuación policial en Barracas, admitió que Mansilla, Ferreyra y Lompizano podían haber tomado decisiones que evitaran el asesinato.

Pero Hayet permitió apuntar más arriba.

¿Desde que se concentra la fuerza en el lugar, (la Dirección de) Operaciones va controlando? Desde que se modula, le respondió el testigo a la fiscal.

Quien resuelve qué se hace en el procedimiento?, la División Operaciones toma el control?, preguntó la funcionaria judicial. Si, volvió a reconocer el testigo.

Es decir que hay toda una pirámide de responsabilidades policiales en el dejar hacer a la patota.

La fiscal le preguntó: ¿Cual es el protocolo de registro de comunicaciones? Hay orden de que quede registrado. Todo queda grabado, lo que es modulaciones.

Esto porque aparecen cortes en las filmaciones policiales justo cuando se produce el ataque de la patota. De todas maneras, Hayet buscó quitar responsabilidades al camarógrafo policial: dijo que él “tiene que hacer lo que le dicen. No es un corresponsal de guerra. Filmar lo que le dicen porque –explicó con un argumento forzado-, se le puede agotar la batería”.

Y para que se lo convoca?, preguntó la fiscal. Para ser usado como prueba, respondió Hayet, clarificando, quizá sin quererlo, porque dejaron de filmar cuando la patota atacó a los compañeros.

 

Empleado de Chevallier: la policía no cuidó las pruebas

Omar Aquiles Molina trabaja en la empresa Chevallier, ubicada en el centro del lugar del ataque de la patota y fue llamado por la Policía como testigo del procedimiento de recolección de pruebas.

Sus respuestas muestran el papel de escaso resguardo de esas pruebas y el papel de la Policía en el procedimiento.

“Fui a parrilla y recuerdo que nos llamaron a un grupito, cuando estaban haciendo el procedimiento policial”, dijo Molina y añadió: “nos mostraron casquillos de bala. En la ochava. Me acuerdo de la calle Luján, en la esquina donde termina el Chevallier.

¿Lo que vio estaba resguardado?, le preguntó la fiscal. “No, el proyectil estaba marcado con tiza blanca”, contestó.

 

Policía de la 30ª: los tercerizados no llevaban palos ni gomeras

Hugo Guillermo Maldonado es un agente que, el 20 de octubre prestaba servicios en la comisaría 30ª, que es la de jurisdicción en el lugar del ataque. Sólo aportó dos o tres datos de cierto interés.

El primero es que el estaba allí porque es su lugar de trabajo habitual, que comunicó al 911 lo que estaba sucediendo y que “llegaron tres patrulleros a cargo del subcomisario Garay, quien se hizo cargo del asunto y me mandó a otro lado”.

Después de varios “no se” y “no me acuerdo” respecto de si había visto policías arriba de las vías, si la policía habló con los manifestantes, si cuando llegó Garay seguían los piedrazos, si escuchó disparos y si había más personal policial, Maldonado, ante la pregunta: ¿los manifestantes llevaban otra cosa, palos, gomeras? respondió claramente: “No”, dándole otro golpe en la nariz de los abogados defensores de la patota pedracista.

 

Uño se quiso hacer el gil

Finalmente, realizó una declaración indagatoria, a su pedido –en realidad de su abogado defensor- Guillermo Uño, hombre de la burocracia y uno de los imputados en el asesinato de Mariano que, según su relato, dejó su puesto de trabajo en Claypole “con la autorización del delegado Dota -quien no estaba trabajando sino en su casa, aclaró-, porque a mí no me gustan los cortes de vía” y pese a que –según sus dichos- no lo había “convocado nadie”.

Toda la declaración –en su forma y en su contenido- estuvo orientada a mostrarlo casi como ridículo, un pobre hombre que, dijo, estuvo “por error, en el lugar que no correspondía”.

Con formas casi risueñas, si no ocultaran un hecho trágico, Uño relató de manera casi torpe, grotesca, todas sus andanzas de ese día.

En una argucia para evitar preguntas incisivas de la querella y de los fiscales, dijo que prefería que el interrogatorio estuviera sólo a cargo del presidente del tribunal porque los demás “son agresivos, tienen mayor formación” que él y lo podían “confundir”.

Sobreactuando el ridículo respondió a la pregunta del presidente: Y usted por qué quería ir?, “por el corte de vía. Yo soy picaboleto. Y soy muy derecho para trabajar. Yo no dejaba pasar a nadie, le cobraba a todos, menos a los bomberos y a los viejitos, a alguno que yo me daba cuenta que no tenía plata y a los piqueteros, pero tenían que ser más de 20”.

Después de aceptar que, junto al resto de la patota apedreó de manera brutal a los compañeros que quisieron subir a las vías y “los hicimos retroceder por la cantidad de piedras que les tiramos”, reconoció que, los compañeros “se estaban yendo, estaban como a trescientos metros, se iban como para atrás, como para Chevallier, para el fondo, en el sentido contrario de donde estábamos nosotros”.

Pero, “mis compañeros tenían miedo de que vuelvan. Y en un momento comenzaron a decir: vamos, vamos. Para seguir a esa gente”.

Como su imagen aparece claramente en los videos levantando los brazos y arengando a los patoteros que estaban arriba de la vía para que bajen y se sumen al ataque, dijo que él hizo el  gesto “vamos, vamos como en la cancha, vio?, cuando uno dice vamos, vamos al equipo, para alentarlo”.

Y para que quería usted que bajaran?, le insistió varias veces el presidente porque él no contestaba y se hacía el distraído. “Para seguirlos a ellos, para correrlos, será”, como si no supiera claramente nada de lo que sucedía. Como si fuera un gil total.

A tal punto que, después de sus gesticulaciones, dijo, “ellos (los demás de la patota) corren y yo me voy quedando. En parte porque tenía miedo. Tenía 55 años. Él médico me hizo poner anteojos y no puedo comer con sal. Y veo que no podía correr mucho”.

Esto tratando de asentarlo en que, en las imágenes grabadas entre amenazas y aprietes de la patota, que virtualmente impedían el trabajo de los compañeros de C5N y por eso son deficientes en los ángulos y definición, él no aparece en la última parte de la agresión.

Pero varios testigos ya lo han incriminado seriamente y por eso lleva dos años preso.

 

Un testigo fuera de programa

Como casi fuera de programa, Franco Maximiliano Alfonso, que testificó luego de Molina, tuvo una actitud bastante sorprendente porque dijo que no sabía porque había sido convocado al tribunal. Cuando se le preguntó si había sido convocado por la Policía como testigo de un procedimiento policial “en noviembre de 2010” primero dijo que no recordaba y luego negó haber sido citado.

Cuando se le exhibió la citación reiteró que no recordaba haber sido citado aunque reconoció que la firma asentada en el documento “es muy parecida a la mía”.

La situación era tan absurda y claramente de ocultamiento que el propio presidente del tribunal le tomó el pelo: “¿tuvo un accidente o una enfermedad que le haya afectado la memoria? Porque usted no recuerda nada”. Y se lo dejó ir. Quedará para los falsos testimonios.

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