Día 35: La patota se pasea por Comodoro Py

-Cuando veo la foto en la tele yo digo, éste estaba con nosotros. Fue ahí que me di cuenta que (Cristian) Favale había estado con nosotros en Constitución el 6 de septiembre y unos días antes del hecho en River, en un acto de Moyano.

La confirmación de las mentiras previas no sorprendió a nadie. Eran las 18 y la trigésimo quinta audiencia se había extendido por más de 8 horas e igual cantidad de testigos. El cansancio se plegaba –inevitable- a la nula capacidad de sorpresa tras una serie de testimonios plagados de contradicciones, imprecisiones y evidentes falsedades. Por eso las palabras de Jorge Krakowski –señalado previamente por varios testigos como uno de los reclutadores de la patota- no tuvieron el efecto esperado. El ex delegado de los Talleres de Remedios de Escalada-y hoy jubilado ferroviario- recitó un cúmulo de vaguedades con la intención de salvaguardar sus intereses y los de sus “compañeros” –en especial de Pablo Díaz-. Aunque dijera varias veces que no sabía de la existencia de Favale, acabó por recordarlo.

Sin embargo, no pudo evitar contradecirse hasta el hartazgo, mientras movía nerviosamente los brazos en el intento de explicarse mejor:

-Bueno, a ver, yo le explico –repetía incansablemente- era gente del PO y había algún tercerizado, no le digo que no. Nosotros fuimos para evitar que se cortaran las vías y así se parara el servicio porque los usuarios agreden a nuestros compañeros boleteros. Fuimos a defenderlos a ellos también.

“También”, dijo, y rubricó lo sabido: no eran las verdaderas intenciones.

La fórmula se había repetido hasta el hartazgo con el correr de los testimonios. La audiencia fue un cúmulo de falsedades y “no me acuerdo” por parte de los testigos presentados por las defensas –en especial las de Pablo Díaz y Jorge Daniel González-. Krakowski –en particular- añadió que incentivó a los compañeros al grito de “ferroviarios carajo” y que hubo “alguna puteada”. La estrategia que utilizó la habían repetido otros integrantes de la patota convocados a testificar: no vi mucho, había caos, gritos, polvo, estaba lejos, algunos persiguieron a otros.

Ante el desorden, el juez Díaz quiso saber:

-¿Puede decir que hacían los del PO cuando ustedes los empezaron a correr?

-Sí, se retiraban.

Fue una de las pocas cosas que dejó en limpio Krakowski. En su búsqueda por abonar las tesis del enfrentamiento y la bonhomía de los “ferroviarios” aseguró haber visto una honda –“eso sí que lo puedo asegurar, pero tiros no oí”-, diferenció a “nosotros” los ferroviarios de los “de afuera” –“los de limpieza no son ferroviarios aunque ahora estén en planta”- y dejó una perla de cómo son los manejos y relaciones de poder en la UF:

-A Pablo Díaz lo vi arriba de la vía y decía que nadie se metiera en quilombos.

-¿Era una orden? –quiso saber el juez.

-No, pero cómo le explico, a ver…él era…es quiero decir, porque aún es, un referente para nosotros.

-¿Y por qué es él el que lo dice?

-No sé.

-¿Y le hacen caso?

-Claro, él está un paso arriba en un puesto mayor a nosotros.

-¿Es vertical el manejo? –inquirió el juez.

-Y…alguien tiene que conducir.

Luego de repetidas contradicciones y de mencionar que en las vías había ferroviarios, policía y “gente de la empresa, bien vestida”, Krakowski tuvo tiempo para un nuevo gafe –ante la pregunta de por qué fue al corte-: “Yo no fui a matar a nadie, si ya me estaba por jubilar… “.

Para el final quedó la seguidilla de preguntas sobre el vínculo y conocimiento con Favale,  a quien desconoció primero y recordó después, sugestiva e intempestivamente. Aunque no sorprendió a nadie. Y una última perla:

-¿Usted dice que fueron al corte del 20 para evitar represalias a sus compañeros, el 6 de septiembre por qué fueron a Constitución? –preguntó Medina (abogado del CELS).

-Para que no agredieran a compañeros.

-¿Pero había corte de vías?

-No, bloqueaban boleterías.

-¿Y causa perjuicio al usuario?

-No, si viajan gratis…

-¿Y entonces a qué fueron?

-Esteeeee…..

No más preguntas.

Una seguidilla de testimonios armados

En total fueron 7 testigos más, antes de Krakowski. Sin embargo, la mayor parte de ellos no aportó nada sustancial. Más allá de las intenciones de salvar a los imputados –aún a costa de Favale, como se presumía luego de las solicitadas que publicara la UF a poco de iniciarse este juicio oral y público- que no dio en el clavo por la evidente falta de respuestas y las pocas precisiones pre fabricadas que arrojaron.

Entre los más evidentes estuvieron Jorge Dotta -un dubitativo guardabarrera de Claypole que trabaja hace 5 años y no era capaz de levantar la vista del suelo al responder-, Mariano Victorio Maroco –un electricista de los talleres de Remedios de Escalada y actual operario de aire acondicionado del FFCC Roca que no pudo explicar por qué fue al corte de vías- y un titubeante Marcelo Suárez –uno de los delegados señalados como reclutador de la patota en Remedios de Escalada-, que se desentendió de todo.

Cada uno de ellos dejó una pequeña muestra de falsedad y preparación en común. La teoría formulada proponía que habían estado todos detrás en la patota, haciendo “acto de presencia”, que no habían bajado o habían vuelto pronto hacia las vías, que no oyeron disparos, que habían bajado a beber gaseosas y que nadie les ordenó que bajaran. Krakowski, en cambio, sí reconoció que había arengas para atacar –“Vamos, vamos”, aunque no precisó de parte de quién (no hizo falta)-.

En lo particular, Suarez ni siquiera recordó la presencia policial, pero quiso dar su “granito” de arena diciendo que “todos los manifestantes tenían caras tapadas y palos”. A su turno, Maroco dijo que no recordaba casi nada, porque tenía mucho miedo y se refugió tras un barril de cemento, pero que corrió junto a la patota –“yo también me pregunto por qué y no lo sé”, dijo insólitamente- y vio que los manifestantes “se abrieron y dejaron tres cordones de 15 personas cada uno con palos y esperándonos”. La imagen, que además de falsa es inconsistente con las descripciones de los más de 100 testigos que han pasado –incluso los propios de la patota- y los videos exhibidos en la causa, se completa con su reconocimiento de que tomó una piedra pero que la soltó porque él “nunca lastimaría a nadie”. Antes de hacer el ridículo, Maroco había advertido que corrieron para asustar a los manifestantes y que se fueran. Por su parte, Dotta era delegado y fue y volvió del corte con Uño –imputado- y Amarilla. Sobre las llamadas con Díaz no pudo aclarar mucho, pero dejó una linda frase al despedirse:

-Yo solo llamé a Pablo Díaz porque era nustro jefe.

Así ven, entre los burócratas de la Unión Ferroviaria, a sus delegados o supuestos representantes. Como a sus jefes.

El socio de la cooperativa

Antes de los testimonios estrafalarios de los patoteros apichonados, compareció en la sala del tribunal de Comodoro Py, Jorge Aguirre, que se definió como antiguo socio de la cooperativa Unión del Mercosur, en la que trabajó en la cuadrilla Gutierrez –de la que dijo ser “cabeza” o referente ante la empresa-cooperativa-. Lo llamativo de las disquisiciones de este testigo fueron sus evidentes muestras de exaltación a la labor de Pablo Díaz como defensor y cumplidor de los reclamos que él presentó como “referente” del sector.

Dijo que no compartía “los métodos y la forma” del reclamo de pase a planta, primero, pero luego dijo que además no quería pasar a planta porque firmó contrato y sabía que “no había chances de eso”.

-Yo tenía miedo de perder mi trabajo y no es que sea conformista pero me gusta cuidar lo que tengo. Cuando entré a la cooperativa me dijeron que no me hiciera ilusiones con pasar a planta. Y además, me aclararon que no era empleado de UGOFE sino monotributista, para que no viniera con arbitrariedades (sic).

-¿Cómo funciona la cooperativa? –quiso saber la querella.

-Yo leí los estatutos –repitió varias veces- y uno es socio en las ganancias y las pérdidas.

-¿Pero recibía haberes similares cada año?

-Sí.

La explicación sobre el funcionamiento cooperativo o empresario de la tercerizadora Unión del Mercosur dejó dudas y sombras sobre los manejos del dinero y las relaciones de poder, pero clarificó acerca de los responsables de la misma. Para Aguirre Pablo Díaz era un semidiós: “Me cumplía con todo lo que mis compañeros necesitabas”. La forma de hablar, incluso, dejó al desnudo la forma en que concebía su rol al “frente” de los compañeros, más paternal que colectivo. Aguirre, que desvió cada pregunta hacia lo que quería contar –en general cosas buenas de Pablo Díaz-, reconoció que entró a la cooperativa por Juan Carlos “Gallego” Fernández, y dijo que el presidente y cabeza de la misma era (Raúl) Castellano. Y aunque no supo decir si éste tenía vínculos con UF, se sabe que era miembro del Secretariado Nacional del sindicato.

Para el final de su testimonio, que ya había desnudado un mecanismo turbio empresarial en la supuesta “cooperativa” que incluyó pagos en sobres para algunos miembros en forma poco clara –“bajó alguien de una Hilux y pagó esos sobres adeudados”-, ante las preguntas del abogado querellante de Correpi, Oscar Jalil, evidenció una maniobra de “freno” al pedido de pase a planta. Contó que había ingresado a la cooperativa 4 meses antes del primer reclamo y que para el corte –seis meses después de su ingreso y ya con el pago de sobres sugestivamente gestionado- y que en seguida se hizo “referente” de la cuadrilla. “Yo era un dolor de cabeza para la cooperativa”, dijo en relación a los supuestos reclamos que hacía por sus compañeros, olvidando que minutos antes había dicho que era “socio de la cooperativa en las ganancias y en las pérdidas”.

Por último y sin ningún tipo de tapujo, confesó que aun cuando estuvo en contra y detuvo cualquier intento de movilizarse en reclamo al pase a planta, obtuvo ese “beneficio” luego del asesinato de Mariano. Y que desde entonces hace el mismo trabajo que antes de su ingreso.

“Luego del hecho”, dijo.

Los primeros serán los últimos

Los primeros tres testigos de la jornada habían dejado un sabor a poco y a estrategias que se repetirían luego: todos hablaban de “acto de presencia” ante el corte de vías.

Ricardo Arias, trabajador ferroviario, dijo –como diría luego Krakowski- que los tercerizados no eran ferroviarios. Y que al principio corrió con la patota pero se volvió. Y que quedó atrás y no vio bien. Eso sí, oyó unos cinco disparos pero sin ver nadie tirando ni armas. Y se reconoció en un video que lo muestra con Pablo Díaz y la patota. También admitió que la gente de Recursos Humanos de UGOFE los dejó salir desde el taller de Remedios de Escalada y confirmó lo que, a esta altura, ya se sabía: que al menos un gerente de UGOFE –Hourcade- estuvo presente en las vías con la patota. Para el final confirmó que era uno de los reclutadores de compañeros en el taller, junto a Toreta, Amuchástegui, Suárez y Krakowski.

A continuación fue el turno de Verónica del Anna, que no proporcionó nada de valor, pero dejó la chicana del día, al ingresar y guiñarle un ojo al imputado Gustavo Alcorcel. Trabajaba en el 2010 como secretaria ejecutiva en el área de acción social de la UF y dijo que le parecía “un sueño ver a esas buenas personas” en esa situación. Lo que se dice, absolutamente nada. Y también pasó por el juicio sin pena ni gloria Graciela Cavazza, ex directora de planificación de transporte ferroviario, que hoy se desempeña en la secretaría de minería, y –como los otros testigos- se desentendió de todo. Eso sí, contradictoria y confusa, dijo que se comunicó con Fernández en varias oportunidades –5 llamadas- el 20 de octubre- a instancias de Juan Pablo Schiavi. Lo que no dijo es que ambos estaban juntos en el congreso Latin Rieles, lo que deja al desnudo una confusa trama que no reveló y que incluye al ex sub secretario de transporte –y también imputado en la Causa Once como Schiavi-, Antonio Luna. Y no recordó más.

La extenuante jornada acabó así con una sumatoria de escandalosos testimonios que fueron a la sala a repetir coartadas y estrategias inverosímiles para despegarse de los hechos. Los testigos de la defensa saben que están en problemas y muestran su intención por hacer rápido el “tramite” y estar al margen, y quedan en ridículo ante la solvencia y contundencia que dejaran los testigos de la fiscalía y la querella.

A casi tres meses del inicio del juicio las cosas empiezan a quedar cada vez más claras.

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