Día 34: La mentira tiene, en serio, patas muy cortas

Fue un día de testigos de la patota. Todos los declarantes son delegados o allegados a varios de los acusados a los cuales sólo conocían “del trabajo”, pero respondieron sin dudar a la convocatoria de la burocracia ese 20 de octubre para atacar a los tercerizados que reclamaban su pase a planta permanente.

Todos armaron un gran circo trocando la realidad, para transformarla en un escenario donde los agresores eran los compañeros que se habían movilizado y los de la patota trabajadores ferroviarios que “simplemente no querían que se cortaran las vías” y por eso armaron toda una movilización desde los talleres –convocados por la burocracia y con la anuencia de patronal-, cortaron -ellos- las vías para controlar y agredir desde arriba a los compañeros y terminaron asesinando a Mariano e hiriendo a Elsa y a los otros compañeros.

Pero la mentira, en serio, tiene patas cortas. Es imposible armar una película inventada coincidiendo en todos sus detalles cuando los que la cuentan son varios mentirosos.

Así es que no solo resultaron increíbles las historias sino que saltaron a la vista las contradicciones entre los distintos testimonios, pese a que estos testigos llegaron claramente con la historieta armada por los abogados que defienden a la patota.

Amigos son los amigos

El primero en declarar fue Ricardo Julio Dell Orto, quien presta servicios en los talleres de Remedios de Escalada y reconoció que conocía “del trabajo”, a Alcorcel, Pablo Díaz, Pipitó, Uño, Juan Carlos Fernández y Pedraza, la flor y nata de la burocracia ferroviaria.

En todo momento, al igual que el resto de los que declararon hoy, dijo que no escuchó que nadie en particular diera órdenes, sino que “la gente” decía las cosas. Y, en particular, no escucharon que Pablo Díaz jugara ningún papel especial durante el ataque.

Pero, en un momento, la policía subió por el terraplén hacia las vías “y preguntó quién estaba a cargo de la gente. Alguien le contestó que era Pablo Díaz y él apareció de detrás nuestro y bajó a hablar con la policía”, con lo cual se diluyó la teoría de que nadie estaba a cargo ni daba órdenes.

Poco antes del ataque, según cuenta el propio Dell Orto, “de un tren que viene de Constitución bajan entre 8 o 10 personas y empiezan a caminar por las vías”. Es el grupo con el cual llegó Favale.

“Venían con ropa de civiles, no de ferroviarios. Nos preocupamos porque pensábamos que no sea cosa que sean de ellos. Pero alguien dijo: esta gente es nuestra porque viene cantando a favor nuestro”.

“Llegaron y se metieron entre la gente y en un momento bajaron de las vías. Seguimos ahí un rato más hasta que en un momento la gente de abajo empezó a decir: bajen, bajen, que los vamos a sacar. Yo bajé para ver qué íbamos a hacer. Y ahí la gente (ellos, la patota) empezó a correr hacia donde estaba la bandera” de los compañeros movilizados, que estaban retirándose, “a 200 o 300 metros” de donde estaba la patota.

Esta declaración se contrapone con la del más acérrimo defensor de la patota de los que declararon hoy -Aldo Amuchástegui, supervisor de los talleres de Remedios de Escalada y desde el año pasado delegado de la UF- quien habló de un ataque de los tercerizados y los compañeros del PO. Dijo, aún hoy, con el asesinato consumado y las heridas de bala a varios compañeros, que “nos pegaron una paliza bastante fulera. Yo tenía miedo. No llegué a donde estaba la gente ésa”.

Del Orto aseguró que después del ataque del cual, como todos los testigos de ayer, dice que no participó, salieron “corriendo hacia las vías” y sostuvo que varios de los suyos decían: “¡Qué guachos! Nos están cagando a tiros”.

Sin embargo, caminaron cien metros y, dijo, “nos quedamos ahí,  esperando a ver qué teníamos que hacer”, como si los supuestos balazos de los manifestantes no hubieran debido amedrentar a estos “simples trabajadores ferroviarios” que habían ido a “un mero acto de presencia en Avellaneda”.

Dijo que la mañana del crimen “el delegado Miguel Toreta pasó por el lugar de trabajo y dijo a tal hora vamos a ir a Avellaneda para evitar un corte de vía, el que quiera ir se anota” y el, rápidamente, junto con otras decenas del taller, se anotaron sin preguntar nada más, como si los estuvieran invitando a una fiesta.

Esto contado como si fuera algo normal y habitual. Y así parece ser, según cuenta.

Fiscal:- ¿Le aclararon si le iban a descontar el día?

“Nunca se habló de eso. Se sobreentiende que si nos están diciendo que salimos por el gremio es que estamos liberados, estamos autorizados. Ellos habrán pedido autorización para dejar salir a la gente”, dijo Dell Orto ratificando, una vez más, la connivencia de la empresa en la preparación del ataque a los compañeros.

Dos preguntas del fiscal lo dejaron descolocado:

-¿Por qué se anotó en la lista?.

-Porque yo estaba de acuerdo con ir. A mí me parecía bien porque yo no estoy a favor del corte de vía.

-¿Y por qué ustedes tenían que evitar el corte de vías?

-No sé, la verdad es que no me lo pregunté.

La banda de intereses y sin principios que forman los patoteros quedó desnudada con las preguntas de la abogada de la querella:

María del Carmén Verdú: -¿Cuando los delegados decían vamos, usted iba?.

-Sí.

-¿Usted sabía qué reclamaban los de abajo?.

-Me parece que eran los tercerizados. El pase a planta.

-¿Sabe por qué el gremio los convocó?.

-Yo lo que interpreto es que fue para evitar el corte de vías.

-¿Usted es afiliado a la UF?.

-Sí.

-¿Sabe la posición de la UF sobre tercerizados?.

-No.

Un ferroviario curioso

El siguiente testigo fue Juan Alberto Brandan, quien trabaja en señalamiento de Roca, cerca del lugar de la agresión y que conoce también “del trabajo” a Pablo Díaz y Alcorcel. Hombre aparentemente muy curioso porque, según él, salió de su lugar de trabajo porque, por un teléfono interno se enteró que “había gente en las vías”, se acercó a Avellaneda donde estaba la patota y se quedó “ahí a ver qué pasaba” y se sumó rápidamente a los agresores.

“Nosotros los seguimos por las vías. Hubo un enfrentamiento ahí… que habrá durado una hora más o menos. Nosotros tirábamos piedras y ellos con gomeras y tuercas”, contó Brandan en su pase de curioso a agresor directo.

En otra variante de la historieta armada sobre la agresión, que quisieron transformar en “enfrentamiento”, Brandan dijo: “Yo me acuerdo que vi las pancartas que se levantaron y empezaron a avanzar para adelante, viniendo para el puente. Habrán avanzado una cuadra. Ahí fue cuando nosotros también avanzamos y nos chocamos”.

Esto mientras el anterior testigo dijo que los manifestantes estaban a 200 o 300 metros de la patota y que fueron ellos los que “salieron corriendo” a agredir y balear a los compañeros.

Y siguió: “En ese momento fue todo una bataola de piedras, ellos con gomeras, pegando palos. Fue un enfrentamiento. A mi me pegaron un palazo en la espalda, me quedó todo marcado. Me pegaron en la cabeza”.

El fiscal le pregunta: -¿Fue al médico por las lesiones?.

-No, no porque era un palazo en la espalda y uno en la cabeza, pero no es que me abrió la cabeza o algo por el estilo. Un chichón se me hizo nomás.

-No, si me hubiesen explicado que iba a ocurrir no hubiese ido- dijo el curioso.

-Entonces, ¿nadie le explicó qué ocurría?.

-No.

-¿Usted se unió y caminó?.

-Y sí, porque son compañeros ferroviarios”.

A todo esto, participó en toda la agresión a lo largo de más de tres horas.

Y otra vez la connivencia patronal:

-En los días posteriores, ¿le hizo algún reclamo la patronal por haberse ido de su puesto, para estar en ese lugar?.

-No.

Un hombre acomodado

El que siguió fue Ricardo Damián Almada, también del taller de Remedios de Escalada, quien conoce a Pablo Díaz “del trabajo” y a Juan Carlos “Gallego” Fernández y José Pedraza “del gremio”.

Él tiene su versión del ataque que difiere de las otras. Parece ser que este punto no fue claramente acordado o se les escapó armarlo mejor.

Los manifestantes “se estaban unificando. Allá como a 300 metros, 400. Nosotros no quedamos ahí (en las vías), y en un momento, un grupo de compañeros vieron que se venían acercando para este lado, para el lado de las vías. Y dijeron: vamos, vamos, antes que vengan ellos y fueron”.

“Yo me quedé abajo del puente”, dijo Almada, en otra constante de los testigos de hoy. Ellos –afirman- no participaron en el momento en que se produjo el asesinato de Mariano.

La empresa, sin embargo, está cada vez más al horno:

Fiscal: -¿Se conversó respecto de si la empresa autorizaba, si les descontaba el día?.

-Mayormente cuando salimos hay autorización, si no, nadie sale.

-¿Y ese día?.

-Si sí, había permiso.

-¿Sabía a qué obedecía esa movilización? -preguntó la fiscal por la de los tercerizados.

-No -contestó seco.

-¿Supo si hubo heridos de bala?.

-No, del lado de ferroviarios no hubo -contestó en otra contradicción flagrante con la declaración del otro testigo que habló de que recibieron “una paliza enorme”.

Un ancho camino de falsos testimonios.

El fiscal le pregunta si su paso de guardabarreras al cargo actual fue impulsado por la Unión Ferroviaria.

“No”, contesta. “El empleador ve si tiene buena conducta” y otorga el pase.

Le exhiben una nota donde hay varios nombres, entre ellos el suyo, firmada por el “Gallego” Fernández, proponiendo su pase. Se hace el desentendido (“No sé”) ante esta otra muestra de la digitación que realiza la burocracia.

Un pollo de la burocracia: de supervisor a delegado

En Aldo Fabián Amuchástegui seguramente confiaban mucho las defensas de la patota. Se plantó como un abierto defensor del ataque y de la patota misma.

“Yo era supervisor en los talleres de Escalada y actualmente soy delegado y miembro de la comisión de reclamos en la UF”, arrancó. Lo que se dice una carrera.

Conoce a “Pablo” -por Díaz- del “trabajo” y del “sindicato” y “a Pipitó y a Gonzalito, bah, González, aunque todos le dicen Gonzalito”, de “los asados” que parecen habituales en la UF porque varios testigos dijeron que conocían a miembros de la patota “de los asados”.

Cuenta: “A las 9 de la mañana nos comunicamos con Pablo (esto aunque dice que casi no lo conoce) y nos hace un comentario de que había un corte de vías. Le pregunté donde y me dijo que en Avellaneda”.

La descripción posterior muestra a la patota en funcionamiento: “Le digo (a Pablo Díaz): bueno, si hay que ir para allá, yo voy. Para nosotros no era nada del otro mundo. Para mí, menos que menos. Porque cuando hay que salir a algún lado yo voy. A un acto, a un asado, a un acto de gobierno. Cuando convoca el sindicato”.

Al mismo tiempo, las declaraciones lo muestran como el más cínico de todos:

“No estamos en contra del pedido de esa gente. Yo también vengo de una empresa tercerizada y queremos que todos tengan las mismas posibilidades. Que pasen a planta permanente, que me parece algo correcto. Uno no está en contra de eso”.

Pero, claro,  “nosotros lo único que queríamos era que el corte no. Basta del corte de vías. Había otros medios, calculo, para lograr el objetivo”.

El ataque contado por el ex supervisor: “Pasado un rato se ve a la distancia que empiezan a desplegar unas banderas” (los manifestantes).  “¿A qué distancia?”. “Y no sé, a doscientos metros o algo así, calculo yo.

Nosotros pensamos que estaba todo bien y que se iban, pero se ve que no decidieron irse y empezaron a agitar las banderas. Algunos muchachos (de la patota), empiezan a gritar: se vienen, vamos a movernos, vamos para adelante”.

Amuchástegui sostuvo que él tampoco participó en el ataque: “Con algunos de los muchachos tardamos en salir para adelante, yo porque estaba con mis chicos que también que son ferroviarios”.

Y sigue la fabula: “Cuando vamos para adelante (con Favale y el resto de la patota),  para donde estaban ellos, nos empezaron a tirar piedras y algunos compañeros nuestros también tiraron piedras. A la altura de Chevallier estaba la periodista y, aparentemente, por lo que yo vi después en la televisión no mostraron nada de lo que pasó”.

“En realidad nos pegaron una paliza bastante fulera. Yo tenía miedo. No llegué a donde estaba esa gente”, dijo Amuchástegui y añadió para darle más credibilidad a su fábula: “Tenían un cordón que iba de calle a otra. Todos con las caras tapadas, con piedras, con mochilas (¿?!!), las hojas de los árboles que volaban (¿?!!), una situación bastante jodida”.

“Con el cagazo que tenía yo solo quería salir de ahí”, dijo el mismo que sostenía que esta movilización para enfrentar a los tercerizados…”para nosotros no era nada del otro mundo. Y para mí, menos que menos.”

“Uno de mis hijos, Jonathan, dice que me ve que me estoy cayendo porque había recibido dos impactos en la espalda. Y mi hijo me dijo que venía corriendo atrás mío un tipo con dos palos tirando palazos”, soltó.

Apretado por el fiscal, luego dice, respecto de esto mismo:

-¿Usted los vio venir  a los manifestantes?.

-Yo, este, lo que le puedo decir es que los vi moverse una vez que armaron el cordoncito ese de punta a punta.

-La pregunta es cuando dicen “vienen vienen”, ¿los vio venir?

-Yo los vi moverse. Nada más. No que corrían o nada por el estilo. Yo los veo que ellos están agitados y moviéndose. La verdad que no lo puedo precisar -reculó.

Juez:-¿No se acuerda?.

-No le podría precisar. Si ellos se mueven, no sé cómo explicarlo. Hacia nosotros no se acercaron, todo lo contrario.

Fiscal: -¿Por qué siguió corriendo, por qué avanzó?.

-Avanzamos porque pensamos que se iban a ir , nada más -dijo, reconociendo el carácter artero del ataque cuando los compañeros se retiraban.

Quizá no lo esperaba. El fiscal hizo leer una conversación que el mantuvo con Juan Carlos Fernández y que lo muestra como metido hasta la médula con la patota y dispuesto a mentir cuanto fuera necesario:

“Yo me voy a presentar a hacer la declaración que vos me dijiste”. Gallego: “Como te digan tus abogados. Vos hacé lo que te digan tus abogados. Para que no te hagan pisar el palito”.

Ante la lectura, el testigo se sorprendió:

-¿Todo eso hablé yo?.

-¿Recuerda ésta conversación?

-Le tengo que ser sincero: no. ¿Está seguro que es de mi teléfono? -lanzó.

Reconoció que estaba presente cuando lo detuvieron a Pablo Díaz en su domicilio. Y, además, el que apenas conocía a un par de la patota “del trabajo” o “de vista”, dijo: “En ese momento estábamos todos mal, yo, los muchachos que estuvimos ahí, en general, estaba Pablo, González, Pipitó, Gustavo Alcorcel, Hernandez y una abogada que no me acuerdo siquiera el apellido”.

Más para el falso testimonio. Cada uno inventa una historieta distinta.

El que apenas conoce a Pablo Díaz también dijo, sin empacho: “Cuando llegué a Avellaneda, Pablo no estaba. Al rato llegó, lo saludé: ¿cómo andás Pablito? Bien, bien, me contestó”.

Y en un nuevo intento para desligar a este burócrata que dirigía el operativo, sostuvo que Díaz dijo: “No hay que meterse en quilombos para eso está la policía.  Vinimos  a hacer acto de presencia”.

Claro que, poco después, este mismo Díaz le decía a Favale: “¡No te dije que trajeras los fierros!”. A lo que Favale le respondió: “Los traje y le dí en la panza a uno de ellos”. Las mentiras, en esta instancia, tienen patas muy cortas.

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