Día 17: La policía “permitió la agresión”. Nuevos testimonios en el juicio a los asesinos

“Escuché cuatro o cinco detonaciones pero no me di cuenta de que eran disparos. Unos metros más allá veo que cae Elsa. Me acerco y veo que tiene una herida en el frontoparietal izquierdo. Me llaman los compañeros porque estaba herido Mariano: veo que estaba casi sin pulso… muy mal, estaba en coma”.

Era el testimonio del médico Félix Wul, militante del Partido Obrero, presente en el lugar de los hechos cuando la patota de Pedraza asesinó a Mariano Ferreyra e hirió a Elsa Rodríguez y a otros manifestantes aquel 20 de octubre de 2010
Wul explicó que los trabajadores tercerizados y sus acompañantes hicieron en Barracas una asamblea que decidió dar por terminada la actividad y desconcentrarse. Al terminar esa reunión, “vienen dos mujeres corriendo, cuando nos estábamos retirando, para el lado opuesto a las vías, gritando se vienen los ferroviarios. En ese momento éramos 80 o 90 personas. Se improvisa un vallado. Yo no lo vi, pero encontré a Mariano ahí donde se armó el cordón. Elsa cae”. Wul añadió: “Escucho las detonaciones, que fueron sucesivas en pocos segundos”.

Por su condición profesional, Félix supo que Elsa “estaba en coma, yo no tenía elementos pero respiraba regularmente y tenía pulso, pero Mariano estaba muy mal, tenía una hemorragia interna muy grave. No les dije nada a los compañeros, había un amigo que se subió con él (a la ambulancia), pero yo tenía convicción de que se hiciera lo que se hiciera no iba a vivir”.

Wul explicó que no había forma de conseguir una ambulancia para trasladar a los heridos (finalmente se logró que los llevara una que pasaba por ahí). “No nos podíamos comunicar con el 911 —explicó el compañero de Mariano. No había policías que se pudieran comunicar directamente. Yo, como responsable del paciente, trato de que se traslade lo antes posible, porque uno no sabe el daño y la hemorragia que se puede producir. En esos casos, incluso un traslado en auto es mejor que dejarlo. No sabíamos el tiempo que podía tardar en llegar una ambulancia”.

En definitiva, de las heridas de Elsa y de Mariano se desprende que los asesinos tiraron a matar. Luego, la policía, que había dado cobertura a los atacantes, les había liberado la zona y luego les protegió la retirada, le negó a los heridos hasta un llamado para trasladarlos en ambulancia. Esa negativa obedece a una estricta lógica criminal: los policías tenían que asegurarse de que la zona estuviera despejada antes de auxiliar a los heridos, cosa que de todos modos no hicieron ni en ese momento ni después.

Testigo con miedo

Luego declaró José Spengler, un chofer de la empresa Chevalier con talleres en la calle Luján 2641. El hombre, asustado, dijo no recordar nada, no haber visto nada. Los abogados de la querella, entonces, pidieron que se leyera su declaración fiscal. Los defensores de los asesinos, a sabiendas de que esa declaración los hundía, se opusieron, pero el tribunal aceptó la lectura.

El fiscal leyó:

“En momentos en que se enfrentan (la patota y los tercerizados) logra escuchar diez o doce detonaciones de armas de fuego, observando que en la esquina de Perdriel y Luján cae un masculino (…) los empleados (del ferrocarril, la patota) recogían vainas servidas…”

Finalizada la lectura, el hombre le dijo al tribunal:

“Quién me asegura a mí que yo puedo declarar y a mí no me pasa nada”.

Obviamente, Spengler sabía que se estaba refiriendo a criminales, a una mafia capaz de cualquier cosa. El tribunal atendió a sus temores y ordenó al público salir de la sala. Entonces, el chofer recordó:

“Primero vi a un grupo de 100 o 150 personas que estaban en Perdriel y Luján. Retrocedían hacia Vélez Sarsfield. Los otros manifestantes venían por Luján desde las vías (…) me tiré con el policía debajo del micro cuando se empezaron a juntar los grupos. Nos quedamos tres o cuatro minutos y nos fuimos. Se escuchaban detonaciones…”

La tercera declaración de la jornada tuvo una sorpresa: el militante del PO Edgardo Marí no sólo conocía a los militantes heridos –y a Mariano, asesinado-, sino que también conocía previamente a uno de los acusados, Guillermo Uño. Al imputado lo conocía por ser vecino suyo de Florencio Varela, y dijo: “antes de los hechos nos saludamos ahora ya no”.

Además, describió que Uño vendía golosinas hasta que metió a toda su familia en el ferrocarril y que era parte de la barrabrava de Defensa y Justicia. En tal caso, sería el segundo integrante de la patota que formara parte de la barra del Halcón de Varela –el otro es Cristian Favale-. También contó que la barrabrava saca micros de 50 personas cuando hay actos del kirchnerismo.

Marí se reconoció a sí mismo en las fotos y también marcó a Uño en las imágenes de aquél día. Además, declaró haber oído 7 detonaciones, lo cual aumenta las que habían sido escuchadas por los otros testigos. Dejó  la descripción de uno de los supuestos disparadores: un sujeto bajo de ropa oscura y pelo corto, con la mano extendida hacia adelante.

Edgardo Mari aseguró por su parte que dos patrulleros de la Policía Federal se habían cruzado sobre la calle Luján, y que uno de ellos, cuando llegó la patota “se corrió” para dejarlos pasar. Ese desplazamiento, añadió Edgardo, “permitió que continuara la agresión”. Después del ataque, él se acercó al patrullero junto a uno de los heridos de bala, y les reprochó a los policías “su inactividad”. Edgardo dijo: “Era el patrullero que quedaba luego de que el otro se fuera, en el que había tres uniformados y uno de civil, pero no hicieron nada.

Para el final quedó el testimonio del ambulanciero Fernando González, que no conocía ni a víctimas ni a victimarios, y relató la forma en que trasladó a los heridos a pedido de sus compañeros. Explicó que un médico se hizo cargo de la responsabilidad y que él solicitó a una motocicleta de la policía que los acompañara hasta el Hospital Argerich. Su testimonio fue corto y concreto.

Los defensores, como siempre, incapaces de repreguntar o contestar argumentos, sólo chicanean con impugnaciones a los testimonios o acusaciones de falso testimonio. Están perdidos.

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