Día 10: Los policías (casi) nunca hablan

La décima jornada del juicio por el asesinato de Mariano Ferreyra y la agresión a sus compañeros estuvo signada por los pasos de comedia entre los abogados de la defensa y el Tribunal Oral en lo Criminal 21. En una audiencia breve –por la poca monta de las declaraciones de los cuatro policías llamados a prestar testimonio y las escasas preguntas que recibieron-, lo más relevante pasó por los intentos de la defensa por entorpecer el proceso con reparos menores y que no fueron tomados en cuenta por el Tribunal. Los intercambios, por momentos, se tornaron tediosos y provocaron las risas nerviosas de los presentes.

La jornada comenzó con algunas ausencias significativas: José Pedraza, Juan Carlos Fernández y Pablo Díaz advirtieron mediante sus letrados que no concurrirían en la fecha. Por su parte, Cristian Favale, Gustavo Alcorcel,  Salvador Pipitó y Daniel González llegaron una hora tarde a sus asientos de imputados, debido a una supuesta demora en el traslado desde Ezeiza.

De movida nomás, se evidenciaron las dos primeras maniobras de la defensa. El abogado Aejandro Freeland –defensor de Díaz- solicitó al tribunal que le avisara cuando se llamara a declarar a los testigos de identidad reservada, con la irrisoria explicación de que su defendido no quería acudir a todas las audiencias, pero sí a esas en especial.

-Por favor, al menos avíseme una semana antes, su señoría –dijo el defensor del ausente Díaz.

-Si le aviso estaría violentando el principio de seguridad de esos testigos de identidad reservada –denegó el juez Horacio Días, ante las risas en la sala.

Acto seguido, se advirtió que se citaría a declarar a cuatro policías: Giose, Castro, Tocalino y Recalde. En ese momento, la defensora de Favale pidió que reservaran a Tocalino para cuando llegara su defendido. Pronto se entendería el porqué.

Los policías no dicen mucho, pero algo dicen

La primera en testimoniar fue la teniente de la Policía Bonaerense María Giose, que en ese entonces era operadora del 911 y había recibido la denuncia que la Policía Federal había remitido con la mención a Cristian Favale por parte de un llamado anónimo. Giose dijo no recordar la denuncia y ningún abogado logró sacarle recuerdos de valor. Todo se resolvió en seis o siete minutos intrascendentes.

El segundo testigo, el principal de la Policía Federal Ángel Dardo Castro mostró un manejo de la situación que hizo pensar que tenía todo su discurso preparado. En principio, ante la insistencia de los abogados de la defensa y la querella, dijo que en su carácter de miembro de la División de Investigaciones estaba ligado a las escuchas telefónicas y averiguaciones, pero que no recordaba nada en especial de este caso. Cuando la fiscal María Jalbert procedía a leer las declaraciones hechas en la instrucción, “milagrosamente” Castro soltó la lengua. Y recordó.

Primero dijo que habían sido dos llamadas las que le llamaron la atención y a partir de las cuales solicitó acudir pero dijo que no sabía dónde. Luego dijo que se trataba de una planta baja en un complejo habitacional en Claypole y la otra en Puente La Noria. Ambas –dijo- provenían de teléfonos públicos. Y recordó.

-En Claypole me atendió una mujer-, soltó con precisión.

De pronto, el olvido dejó lugar a palabras y sentencias sobre su modo de trabajar: “Nosotros pedimos información a la SIDE sobre las líneas intervenidas, pero cuando no están, conseguimos por la empresa telefónica o por Internet”. Luego de esta detallada explicación acerca de la forma en que las fuerzas de seguridad continúan con las prácticas de pinchadura e intervención de teléfonos y diversas actividades de inteligencia, Castro explicó que un recurso esencial es el Nosis, la base de datos privada y paga que los provee.

“Es la única forma de trabajar porque no tenemos acceso a grandes bases de datos. Si no, no llegaríamos a nada”, dijo y dejó al descubierto una evidente tercerización de la investigación e inteligencia de parte de la policía en manos de una empresa privada con fines comerciales.

Por último, el testigo contradijo su declaración anterior y advirtió que recordaba bien el caso porque era especial.

-¿Por qué especial? –quiso saber un abogado de la defensa.

-Porque ese chico podría haber sido mi hijo. Cada día lo vemos, cualquiera anda armado.  Porque uno puede pensar diferente, puedo no estar de acuerdo, pero esto no se maneja así. A ese chico lo mataron mal.

La contundencia de la respuesta dejó sin palabras ni ganas de repregunta a la defensa.

El policía amigo de Favale

En tercer turno fue el lugar de José Alberto Tocalino. Luego de la llegada de Cristian Favale a la sala –que había pedido estar presente para esta declaración- se le tomó juramento y se dio paso a las preguntas. Tocalino dijo que en 2010 trabajaba en la DDI de Quilmes –que abarca desde ese partido hasta Florencio Varela (lugar de vivienda de Favale)- y que actualmente estaba sin trabajo.

Ante las preguntas de la querella, Tocalino reconoció que conocía a Favale “desde hace un año” cuando ocurrió el asesinato de Mariano Ferreyra. Que lo había conocido a través de un colega de la comisaría de Varela, un tal Mauricio Vargas Piña. Que hablaron por teléfono seguido a lo largo de ese año. Que lo conocía como Harry, no como Favale. Que sabía que era remisero e hincha de Defensa y Justicia. Que tenía agendado a Favale en su Nextel y que éste lo llamó después de la emboscada de Barracas para solicitarle ayuda “porque había estado en un problema”. Que lo llamó varias veces. Que le pidió que “si sabía algo” le avisara. Que él le avisó a su superior, un tal Barbieris. Que el superior le dijo que “hiciera lo que hubiera que hacer”. Que se refería a detenerlo si era necesario. Que él no sabía lo que había ocurrido en Barracas. Que el auto de Favale era un Corsa de chapa 700. Que Favale era Harry y no Favale, aún.

Luego, ante las preguntas de la defensa., Tocalino explicó que le dijo a Favale que se presentara a declarar, y que avisó a la DDI de Lomas de Zamora –que estaba investigando- que conocía a Harry.

Favale miraba en silencio, con la vista puesta en una carpeta de cartulina rosada, encerrado en su cuerpo musculoso y cubierto por un chaleco gris topo. Su mirada era sombría.

El receso, el último testigo y los gafes de la defensa

Cerca de las 11.30 el tribunal dispuso un receso porque el último testigo aún no había llegado. Una vez que lo hizo, cerca de las 13, se procedió a tomarle juramento y se desarrolló una de las escenas más repetidas en lo que va del juicio: la defensa entorpeciendo el proceso.

El testigo, comisario Recalde, perteneciente a la Superintendencia de Asuntos Internos, que realizó el sumario administrativo por el cuál se investigaba la actuación de las diferentes Policías en el operativo de Barracas, respondió con nerviosismo. Luego de que explicara que la División General de Operaciones es la que dispone cómo se armará un operativo, que los fiscales lo fiscalizan y que ellos no intervienen más que en los sumarios posteriores –en caso de ser necesarios-, el abogado de la querella del CELS, Medina, solicitó que se expusiera la Orden de Servicio 4950 para realizarle preguntas de experiencia –sobre el operativo en sí- al testigo. Ante este pedido, concedido por el tribunal, al menos 8 abogados defensores fueron interviniendo por más de 15 minutos para solicitar que se denegara tal pedido, aduciendo que el testigo no era un perito ni debía referirse al operativo ni a su conformación.

La fiscal Jalbert tomó la posta y desarmó los recursos: “Si este Comisario Inspector no es capaz de hablar sobre un operativo, estamos en problemas”. Las risas aplacaron los ánimos.

Luego de que el testimonio recorriera su trayectoria y el tribunal aclarara que permitirían las preguntas como testigo y no como perito, la querella indagó acerca de los operativos en general, cómo se realizan, cómo se analizan y con qué criterios.

Para el final quedó el momento más pintoresco y clarificador de la jornada, cuando la defensa preguntó a Recalde si constató en su análisis que la policía hubiera dado apoyo a los ferroviarios y éste contestara que no. Acto seguido, un abogado de la defensa –sin notarlo y con el micrófono aún encendido- permitió con torpeza que la sala entera lo oyera cuando celebró: “Muy buena la declaración de este muchacho”.

Las risas sellaron la jornada. La décima audiencia había concluido, dejando tras ella la certeza de la precariedad y la impunidad con que se manejan las fuerzas de seguridad, y los estrechos vínculos entre éstas y los barrabravas a sueldo.

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