Día 6: Eduardo “Chiquito” Belliboni y Lisandro Martínez. Declararon compañeros de Mariano Ferreyra

En cada audiencia, el silencio de los imputados es una confesión de culpabilidad, una especulación a la espera de que una tabla salvadora les llegue desde afuera de la sala donde son juzgados. En cambio, los compañeros de Mariano dieron, en esta sexta audiencia, testimonios aplastantes en contra de los criminales.

Lisandro Martínez, presente en el lugar de la emboscada aquel 20 de octubre, declaró: “Vi tirando a un gordito más bien robusto (casi seguramente Favale), de pelo oscuro, corto, que estaba agazapado. Ponía las manos juntas (sujetando la culata del arma) como los tiradores profesionales. Tiraba al cuerpo de la gente”.

El agresor, explicó Lisandro, “tiraba semiagachado, desde la mitad de la calle, pero en acción, moviéndose de un lugar a otro”. Esto es: no se trataba de un “loquito que se sacó”, sino de alguien que había ido precisamente a eso, que actuaba a sangre fría, profesionalmente, buscando ángulos de tiro para cumplir mejor su objetivo de asesinar, porque a eso lo habían llevado.

Lisandro escuchó unos diez disparos. O sea: se trató de un fusilamiento y obviamente había más de un tirador, como se ha comprobado por las pericias, lo cual arruina el intento de los burócratas de cargar todo el fardo sobre Favale. Ese barrabrava, que fue a matar a cambio de un puesto de ñoqui en el ferrocarril, no es más que un sicario, un asesino a sueldo.

“Un negocio enorme”

El primer ataque sufrido por los ferroviarios tercerizados, explicó Lisandro, se produjo en la estación Avellaneda. En ese lugar, la agresión partió conjuntamente de la patota de la UF y de la policía bonaerense, que persiguió a los trabajadores hasta que ingresaron en la capital federal. En el trayecto, la policía les disparó balas de goma. A ellos, no a los agresores.

Una vez en la Ciudad, prosiguió el testigo, los compañeros hicieron una asamblea que decidió desconcentrarse, porque tenían mucha gente golpeada. Elsa Rodríguez era una de las heridas: había recibido un piedrazo en un brazo. En esas condiciones estaba cuando le pegaron un tiro en la cabeza.

Cuando empezaban a irse del lugar, dijo Martínez, vieron bajar del terraplén ferroviario a los patoteros, que corrían hacia ellos en medio de la calle. Poco después, empezaron a disparar. “Tiraron a matar porque defendían un negocio enorme –señaló Lisandro. Si no ¿qué es lo que obliga a tirar a matar?”.

La complicidad policial

Cuando los patoteros dejaron de tirar “salieron corriendo” y los trabajadores intentaron perseguirlos. Entonces, contó Lisandro, “la policía nos cerró el paso con patrulleros”. Esto es: la actitud policial no se limitó a un “abandono de persona” sino a una complicidad activa con los atacantes. Les liberaron la zona, les dieron logística y cobertura durante la agresión y, luego, les protegieron la retirada. Martínez añadió que él mismo habló en dos ocasiones con un oficial de la Policía Federal, que tenía una corbata de seda rosa, para pedirle, “sin éxito”, que llamara a una ambulancia. Obviamente, para permitir un pedido de ayuda había que esperar a que la patota se replegara y se pusiera a salvo.

Antes del ataque final, dijo Lisandro, al pasar frente a la comisaría 2ª de Avellaneda, los compañeros observaron a “tres personas de civil, en actitud provocadora, que nos gritaban”. Uno de esos facinerosos era el hijo de Antonio Luna, subsecretario de Transporte de la Nación. Luna, conviene recordar, sigue en su puesto, como la mujer de José Pedraza se mantiene en el directorio de la Ugofe.

Después de Lisandro Martínez declaró Eduardo “Chiquito” Belliboni, quien también había estado aquella mañana con el grupo de trabajadores tercerizados que se proponían manifestar su exigencia de que se los pasara, como correspondía y luego les fue reconocido, a la planta permanente de trabajadores ferroviarios. Entre los tiradores, dijo Belliboni, él pudo reconocer a Cristian Favale, aunque sólo más tarde supo cómo se llamaba.

“Vi a una persona que disparaba, se agazapaba y tiraba”, explicó Eduardo. El hombre disparaba con la mano derecha y buscaba “el ángulo de tiro” desde una distancia de entre 15 y 20 metros desde donde él estaba. A unos cien metros del tirador estaba Elsa Rodríguez.

“Chiquito”, como lo apodan sus compañeros, subrayó que “la policía fue funcional al ataque”. En Avellaneda, dijo, la bonaerense “comenzó a disparar contra nosotros”, incluso denunció que vió personal uniformado junto a la patota sobre el terraplén. Ya en capital, cuando se inició el ataque, la PFA “desapareció del lugar”, pese a que instantes antes había dos patrulleros. La Federal “volvió después” de la agresión que terminó con Mariano muerto y otros tres compañeros heridos de bala, para cerrarle el paso a los militantes que perseguían a los agresores con el objetivo de detenerlos.

Belliboni explicó que fue Nelson Aguirre, uno de los heridos, quien le avisó que “están tirando con plomo”. Nelson, agregó el testigo, “tenía el pantalón ensangrentado”. Después de escuchar cuatro o cinco disparos, Eduardo vio a Mariano Ferreyra caído. En un primer momento, “Chiquito” pensó que nuestro compañero se había descompuesto o desvanecido. Los agresores, dijo, eran entre 80 y 110 personas. Eduardo negó terminantemente que hubiera armas de fuego entre los manifestantes, aunque sí algunos palos y gomeras del todo inútiles frente a pistolas y escopetas.

Como se ve, en este caso, el silencio no es de los inocentes.

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