La Justicia comienza a indagar el lado más oscuro del poder sindical (Por Diego Rojas, publicado en Perfil)

Un tribunal oral de Comodoro Py comenzará este lunes a juzgar a los acusados por el asesinato del joven militante del PO Mariano Ferreyra, que murió a manos de una patota sindical el 20 de octubre de 2010. Entre los procesados está José Pedraza, uno de los más influyentes gremialistas que, desde la cárcel, envía señales de apoyo al Gobierno.

“La historia verdadera se va a conocer.” Con estas palabras concluía José Pedraza la única entrevista que otorgó a la prensa luego del asesinato de Mariano Ferreyra, militante del Partido Obrero que tenía 23 años, días antes de su detención, ocurrida el 22 de febrero de 2011. A dos días del inicio del juicio que deberá sancionar a los responsables de ese homicidio y de las balas que infligieron heridas gravísimas a Elsa Rodríguez, también miembro del PO, sus dichos cobran un valor extraordinario, pero no en el sentido que el jerarca sindical hubiera querido, sino todo lo contrario. A cada paso que avanza la investigación, Pedraza y Juan Carlos “el Gallego” Fernández (segundo en la escala sindical y también preso por el mismo motivo), junto a la patota que realizó el ataque fatal en las calles de Barracas, se ven más comprometidos como autores del crimen político más grave de los últimos tiempos.

El tercer tirador. Las últimas pericias balísticas realizadas demuestran la existencia de por lo menos tres tiradores que dispararon balas de plomo aquella jornada del 20 de octubre de 2010, cifra que podría elevarse a cuatro. La seguridad de la existencia de un tercer tirador abona la idea de la conformación, dentro de la patota, de un grupo de personas que siguieron una orientación común desarrollada en un mismo momento: debían tirar a matar.

Para llegar a esta conclusión se tuvo que intervenir quirúrgicamente a Nelson Aguirre, uno de los heridos de esa jornada, que tenía una bala alojada en su cuerpo. “Como el organismo encapsuló el proyectil, no presentaba daño para mi cuerpo ni afectaba mis funciones motrices, razón por la que los médicos recomendaban que no la extirpara, pero por supuesto que estuve de acuerdo con la operación si ese casquillo constituía un elemento de prueba –explica Aguirre, dirigente del PO–. La bala la recibí en el momento álgido del ataque de la patota, yo formaba parte del cordón de seguridad que habíamos formado para garantizar la retirada pacífica de las mujeres y de los más jóvenes. En medio de una lluvia de piedras se produjeron los disparos. Recibí el primer impacto en el muslo derecho. Ante la paralización que me produjo, decidí darme vuelta e ir hacia la vereda. En ese momento recibí el otro impacto en el glúteo.”

La bala que había terminado alojándose detrás de la rodilla de Aguirre fue extraída y las pericias determinaron lo siguiente: “El proyectil extraído se corresponde con una posta de plomo (…) la cual es parte constitutiva de un cartucho de carga múltiple utilizado en armas de fuego del tipo de escopeta no pudiéndose establecer fehacientemente el calibre del arma que lo disparó. El proyectil identificado como número 1 no ha sido disparado por el mismo tipo de arma que los proyectiles nro. 2 y nro. 3”.

Un testigo afirmó haber visto a un hombre disparar con una escopeta. “Yo venía retirándome con los otros manifestantes cuando vimos que un grupo de gente que había bajado de las vías y avanzaba corriendo –recuerda un testigo que ya declaró en la causa pero que prefirió resguardar su identidad hasta el momento de declarar en este juicio oral y público que empieza el lunes en Comodoro Py–. En un momento, vi a un hombre sacar un arma, sentí una explosión, como un cohete, y me tiré detrás de un coche rojo. Levanté la vista y vi que esta persona tenía en sus manos esta arma que parecía una escopeta de tiro corto, porque era más grande que una pistola y tenía un mango alargado, como los que tienen los rifles de aire comprimido. La persona, que estaba a seis metros mío más o menos, era grande y robusta, y vestía esa ropa azul que podía ser ropa de trabajo. No estaba aislada, actuaba dentro de un grupo de gente.”
—¿Pudo reconocer al tirador en alguna rueda de reconocimiento?
—No, nunca me llamaron para ese reconocimiento.
Las pericias comprobaron que los proyectiles que impactaron en el cuerpo de Mariano Ferreyra, provocándole la muerte, y en la cabeza de Elsa Rodríguez, causándole serias secuelas de las que aún se recupera, fueron disparados por una misma arma calibre 38. Ariel Pintos, el cuarto herido, fue rozado por una bala de plomo pero no se pudo establecer de qué calibre. Y se encontraron casquillos de un revólver calibre 22 y otro calibre 38 disparado por un arma diferente a la que disparó el tiro fatal que hirió a Ferreyra.

“Estas pericias prueban que hubo por lo menos cuatro tiradores que usaron escopetas y armas cortas –afirma la abogada querellante en la causa María del Carmen Verdú–. Y abona la tesis de que se trató de un ataque organizado y planificado con una intención criminal, que no se trata del tiro de un loquito suelto al que se le saltó la cadena y empezó a los disparos. Los tiros partieron de un grupo organizado con ese fin.”

Los resultados de los peritos en balística de Gendarmería son contundentes y son aportados a horas de que comience el juicio oral que juzgará por primera vez a los responsables intelectuales y materiales de un crimen político de esta envergadura. Desechan las teorías que hicieron circular los acusados, que apuntan a una acción individual del barrabrava Cristian Favale o incluso a aquellas teorías de “fuego amigo” propuestas por la defensa pedracista, que implicaban que los tiros fatales habían partido desde los propios manifestantes. Tal como lo expresó Pedraza en aquella entrevista, la historia verdadera se está conociendo a cada paso que avanza la investigación. Pero, contra sus pronósticos, esta historia hunde cada vez más a José Pedraza en la culpabilidad intelectual del crimen, ya que lo postula como organizador –junto al jerarca ferroviario Juan Carlos “el Gallego” Fernández y el jefe de la patota y delegado general del ferrocarril Roca, Pablo Díaz– de una patota conformada con fines escarmentadores y homicidas.

 

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